jueves, 28 de julio de 2016

Las tres joyas de Huay Xai

Las vistas desde nuestra casa del árbol 

Nuestras últimas noches en Tailandia fueron en una diminuta villa a orillas del Mekong. Al igual que el Duero a su paso por las Arribes, este río hace de frontera natural, en este caso con Laos, el gran desconocido del sudeste asiático. Al otro lado nos esperaba un pueblo fronterizo llamado Huay Xai. Tres experiencias hicieron que nuestros días en este lugar se hicieran inolvidables.

La primera fue nuestro alojamiento en Daauw Homestay. Con sus cabañas de madera, su terraza llena de niños correteando y sus mujeres sentadas en círculo cosiendo o cocinando, Daauw Homestay es mucho más que un albergue o un restaurante. Es el lugar de asentamiento del proyecto Kajsiab (http://www.projectkajsiablaos.org), el cual tiene como objetivo ayudar a las gentes de los pueblos de las montañas, que conforman una de las zonas más pobres del país. Para estas tribus, cosas tan básicas como la asistencia al parto son lujos que no se pueden permitir, pero gracias al proyecto Kajsiab, muchas historias trágicas tienen un final feliz.

Nuestra casa del árbol
Huay Xai es también la puerta de entrada a un gran sueño de la infancia. Una de esas cosas que los adultos hacen porque no pudieron hacerla de niños: “The Gibbon experience”. Dos o tres días surcando el cielo en tirolinas, sobrevolando las copas de los árboles en la impresionante reserva natural de Bokeo, para dormir luego a 60 metros de altura en una cabaña en un árbol, que ya le hubiera gustado a Punky Brewster.

Y por último, dejar ese pequeño pueblo en dirección a Luang Prabang puede ser una experiencia entrañable si dispones del tiempo necesario para hacerlo en dos días a bordo de un pequeño barco recorriendo el Mekong. El paisaje durante todo el trayecto es sobrecogedor. La frondosidad que te rodea no muestra ni un ápice de deforestación. La calma del río inspira paz, y en este escenario (sin Internet [...]), los pasajeros comparten experiencias, juegan a las cartas y en ocasiones conocen a sus futuros compañeros de viaje.

Compañeros de viaje

miércoles, 20 de julio de 2016

Un pedacito del norte de Tailandia

En el Poopoopaper Park (donde reciclan la boñiga de elefantes para hacer papel)
Tras nuestra toma de contacto en Bangkok, volamos a Chiang Mai, visita obligada para cualquier mochilero que pase por el norte del país. Sin ser una ciudad demasiado grande, vive del turismo, y por ello sus calles están plagadas de posadas, hoteles y puestos ambulantes de comida.
Una de sus grandes atracciones es el mercado nocturno que inunda el centro de la ciudad los fines de semana, en el que puedes encontrar artesanía, ropa y por supuesto, toda la variedad culinaria de la zona en formato “para llevar”. Nosotros lo recorrimos en una tarde de llovizna; sin calor ni aglomeraciones de turistas. Una de las ventajas de viajar en época de lluvias.
Otro de los grandes atractivos turísticos de esta zona son los paseos y espectáculos con elefantes. Y lo que mucha gente no sabe es el horror que hay detrás de este negocio tan lucrativo (y en auge debido al aumento del turismo en Tailandia): caza furtiva para conseguir ejemplares nuevos, horas extremas de trabajo sin tiempo suficiente para comer o beber, y lo peor de todo, el adiestramiento cruel al que se tienen que someter para doblegarse al control humano. La técnica se llama “Phajaan”, y os animo a buscarla en la web, porque cuando lo hagáis no os van a quedar ganas de montar en elefante o verlos pintar un cuadro.
Lamentablemente, las opciones para admirar a estos majestuosos animales fuera de este entorno de maltrato no son muchas, y en muchas ocasiones los lobos visten piel de cordero y los “santuarios” que dicen ser respetuosos, no lo son tanto.
Nosotros visitamos el Elephant Retirement Park, que se creó hace dos años y se encarga de cuidar de ejemplares en riesgo especial (ancianos, enfermos y embarazadas). Si bien quizás no sea el lugar ideal (los animales terminan volviendo a sus campos de trabajo y no están en libertad), nos pareció que el trato era adecuado y para nosotros fue una experiencia increíble.
Pasando a un tema menos controvertido, me llamó especialmente la atención que una de las actividades más populares que oferta Chiang Mai ¡son las clases de cocina! ¡Y por supuesto que nos apuntamos!, Lo hicimos en el “Sammy’s organic Thai Cooking School” Y os aseguro que no hay mejor manera de acercarse a la cocina tailandesa desde dentro, conocer sus ingredientes, aprender como comer los diferentes platos y sobretodo experimentar todos esos sabores que hacen que comer en Tailandia sea uno de los mayores reclamos turísticos.
Y aunque no quiero extenderme demasiado, pues podría hablar de los parques naturales y mil cosas más, no puedo dejar de mencionar el masaje tailandés. Con cientos de opciones (incluso hay un centro de integración laboral para presas en sus últimos meses de condena -Lila Thai Massage-) y a un precio muy asequible es difícil resistirse a esta técnica ancestral y juzgar por ti mismo los beneficios de la misma (como soy un poco friki, me reservo mi opinión :-) )
En mi masaje tailandés

sábado, 9 de julio de 2016

Toma de contacto: Bangkok



Tres días en Bangkok son del todo insuficientes para conocer esta gran ciudad…  ¡sobre todo cuando te pasas la mitad del tiempo durmiendo por culpa del Jet Lag!
Sin duda,  está llena de contrastes. Encuentras puestos callejeros de comida por doquier, y a la vuelta de una esquina un centro comercial que parece salido de Nueva York. Hay  rascacielos y chabolas,  en esa forzada convivencia característica de las ciudades que han crecido mucho en poco tiempo.
Pero lo que desde el primer momento me ha llamado la atención ha sido la gran riqueza cultural. Una mezcla de culturas que en gran parte nos es completamente ajena en occidente.  Se aprecia en los rostros,  en los gestos,  en la vestimenta. En todas las señales y carteles que muestran esos signos churriguerescos que conforman un idioma para mi completamente desconocido. En los coloridos templos con los que tropiezas tras las esquinas.  Llega a ser abrumador,  y me hace sentir completamente ignorante.


Y a pesar de todo ese desconcierto,  es curioso.  Un día estás en España pensando en tu viaje a ese lugar exótico y desconocido, nerviosa ante la incertidumbre y las expectativas,  y una semana después te encuentras relajadamente tomando un batido de mango y escuchando un concierto en un bar cualquiera en las calurosas noches de Bangkok.  Y te parece tan normal

viernes, 1 de julio de 2016

Cuenca siempre me trae recuerdos de mi infancia



Ayer dejé mi ciudad para comenzar mi viaje por el Sudeste Asiático.  Pero la primera parada,  lejos de esos parajes exóticos y desconocidos para mi, ha sido Cuenca,  la ciudad donde crecí.  

Me encanta visitarla y perderme por sus callejuelas siempre que tengo ocasión.  Subir al Barrio del Castillo y contemplar sus imponentes hoces.  Me encanta en otoño,  con sus colores amarillos,  ocres y verdes mecidos por el viento.  Me gusta en primavera,  cuando el sol inunda los valles de los ríos y la brisa acaricia la piel.  Pero no es menos hermosa en invierno, coronada de blanco tras una gran nevada.  Me gusta de día y me maravilla de noche,  con su iluminación bañando los riscos suspendidos en la oscuridad,  y la luz tenue de las farolas alumbrando los callejones.  Y es que,  el espectáculo que ofrece esta ciudad en algunas terrazas nocturnas de la parte antigua, es único.
En fin,  me pregunto si otra gente tendrá las mismas sensaciones que yo al visitar su ciudad natal. 


Decidí entrar en un par de tiendas de souvenirs,  ya que, si bien siempre las visitamos cuando viajamos,  pocas veces vamos a las de nuestra propia ciudad. En la mayoría de los casos no nos perdemos nada,  pues todas tienen lo mismo: las tazas,  las camisetas con diseños idénticos,  los vasos de chupito…  todos con la marca “made in China”.  Pues tengo que decir que las que he visto hoy me han sorprendido.  A parte de las muestras gastronómicas que me esperaba encontrar (resolí,  alajú,  morteruelo…) había cientos de piezas de cerámica originales y variopintas que me recordaron algo que había olvidado con el paso de los años: que la cerámica de Cuenca es un arte autóctono y sublime.  Me teletransporté en el tiempo a mi infancia,  cuando nos llevaban de excursión a la Alfarería Pedro Mercedes y hacíamos talleres de moldeado de arcilla por las tardes.  Son tiernos recuerdos del pasado, para comenzar una historia sobre el presente.