domingo, 9 de octubre de 2016

Salamanca

La neurona viajera en la Plaza Mayor
Sin duda la mejor forma de conocer un lugar es vivir en él. Ese es el verdadero viaje que nos enseña las entrañas de una cultura. Es la manera de formar parte de su historia, de dar y recibir, en lugar de ser un mero observador. De esta forma, cuando te vayas, una parte de ti quedará para siempre en esa ciudad. Y sin duda, una parte de ella permanecerá anclada en tu memoria. Salamanca es diferente. No se queda en tu memoria, se queda en tu corazón.

Desde el 2012 y hasta la semana pasada tuve la suerte de vivir en ella. Cuatro años pueden no ser suficientes para visitar el antiguo edificio de la universidad (...), pero sí lo son para pasear innumerables veces por sus calles doradas, para comprar jamón de Guijuelo en su mercado central o para desayunar los domingos en la plaza mayor. Y es que Salamanca tiene una peculiaridad que a mi me encanta, y es que su casco histórico es también su centro urbano.

Una de las obras de arte del Barrio del Oeste
También es tiempo suficiente para ir a unos cuantos conciertos gratuitos en su plaza, para saber dónde comer los mejores pinchos, para hacerse socio de la biblioteca de la casa de las conchas y para aprenderse la historia del “Padre putas”, ¡una de las mejores que he oído nunca!  

A pesar de tener fama de ciudad conservadora, la población de Salamanca es una amalgama de estudiantes universitarios nacionales y extranjeros que enriquecen su oferta cultural; de salmantinos de los que van los domingos a los toros con su capa castellana y artistas que concentran sus creaciones en el Barrio del Oeste. Esta mezcla pintoresca confiere a la ciudad una gran animación a pesar de contar con tan solo unos 150.000 habitantes.

Han sido cuatro años muy importantes de mi vida. Salamanca me acogió con los brazos abiertos, me ha dado grandes amigos, experiencias inolvidables y uno de los atardeceres más bonitos que existen. Me voy, pero ahora ya soy “un poco charra”, y prueba de ello es lo que me fastidia que comparen la inigualable Plaza Mayor de Salamanca con la de Madrid. :-P

Atardecer en Salamanca

sábado, 10 de septiembre de 2016

¿Por qué viajamos?

En Angkor Wat (Cambodia)

Siempre que viajo me hago esta pregunta. No me refiero a esa quincena en la costa brava, ni a ese fin de semana largo en Polonia fruto de un vuelo barato de Ryanair. Me refiero a la gente que viaja “de verdad”, durante meses o años.
Gente que un día decidió dejarlo todo e irse a ver mundo. Jóvenes que prefirieron la aventura de viajar en vez de la universidad. Cada vez que he conocido a una de estas personas he sentido envidia y admiración. Y mi mente, cual mosca cojonera, no ha parado de preguntarme ¿qué has hecho tú en todos estos años?¿Y si te hubieras tomado un año para viajar antes de la universidad?
Por eso, pensando que “más vale tarde que nunca” decidí hacer un viaje sin fecha de vuelta al terminar la residencia. Quería saber qué me estaba perdiendo ahí fuera.

Han sido dos meses recorriendo Tailandia, Laos, Vietnam y Camboya. He conocido otras culturas que me eran casi completamente ajenas, y entre campos de arroz, tuk-tuks y playas he tenido bastante tiempo para pensar. La pregunta que da título a esta entrada me ha acompañado durante todo el camino.

Viajando en tren
Me da la impresión de que todo el que viaja busca algo. Quizás un lugar al que pertenecer huyendo de la cultura que nos es impuesta por nacimiento. O una pareja con quien congeniar. Tal vez una ocupación que le de sentido a nuestra vida. Y en muchas ocasiones uno ni sabe lo que busca. Pero lo cierto es que, cuando lo encuentra, se queda. Toca echar raíces.

En estos meses me he dado cuenta de que quizás estaba buscando respuestas en el lugar equivocado. Durante el viaje conocí a mucha gente con quienes pasé momentos inolvidables. Pero se trata de una amistad contenida en una pompa de jabón; frágil y volátil. Eché de menos a mis amigos de verdad, con los que las cientos de experiencias vividas forman una sólida relación casi imposible de romper. Eché de menos a mi familia, cuyo vínculo es especialmente fuerte tras los durísimos momentos vividos en el último año. No necesitaba buscar a mi compañero de viaje ideal, pues estaba todo el tiempo a mi lado. Y por último eché de menos mi profesión, que tantos años me ha costado alcanzar, y que ahora sé que no los cambiaría por ningún viaje alrededor del mundo, porque me apasiona. Y así es como descubrí que me había ido muy lejos, al otro lado del planeta, para buscar respuestas que llevaban mucho tiempo esperándome en España.

Pero esta es sólo mi historia. Y tú, ¿por qué viajas?

sábado, 13 de agosto de 2016

La verdadera utilidad del inglés



Hace apenas cinco años que aprendí a defenderme en inglés, y aún recuerdo muy bien cómo me sentía antes. De niña siempre detesté la asignatura, y es que, aunque parezca inverosímil, me parecía completamente inútil. Pero no me toméis por ignorante y miradlo con perspectiva; en una ciudad provinciana como Cuenca, en un país que dobla las películas y las series y en un sistema educativo que lo único que hace es obligarte a memorizar tres columnas de verbos irregulares, el único incentivo del inglés es traducir letras de canciones. Y a mi siempre me gustó la música en castellano.

Y a pesar de ello, la mayoría de los españoles hemos tenido siempre esa “asignatura pendiente” acechándonos desde un rincón de nuestra mente, esperando el momento oportuno para “¡zás!”, atacarnos y hacernos sentir avergonzados y acomplejados.
Y es que desde el colegio nos insisten en que el inglés es muy importante: es la puerta a un trabajo mejor. Es el idioma de los negocios y de la ciencia. Tu futuro será mejor si aprendes inglés. Pero se quedan muy cortos. Esos argumentos suponen tan sólo una ínfima parte de los motivos por los que es increíblemente útil aprender inglés, y además se olvidan de lo más importante.

Puede no ser imprescindible para viajar, pero sin duda enriquecerá de forma notable cualquier experiencia. Hará posible que disfrutes de actuaciones, cursos y visitas guiadas que no suelen ofrecerse en otros idiomas (todavía recuerdo mi decepción en Disneyland París cuando tenía once años porque no entendía nada). Probablemente te evite comer coles, pene de buey y demás cosas repugnantes (aunque en esto el idioma de Shakespeare tampoco es una garantía…) Lo más importante es que saber inglés te permite conocer gente de cualquier parte del planeta. Hace posible que, vayas donde vayas, siempre encuentres un grupo de amigos con los que charlar, viajar, jugar a las cartas, flirtear… Y si bien cada lengua es una maravillosa y única puerta de entrada en una cultura diferente, el inglés es una especie de llave maestra que te permite asomarte a la mayoría de ellas.



¿Y cual es el secreto para aprender inglés? ¡Pues hablarlo! Hablarlo sin miedo y sin vergüenza. Hablarlo mal, cometer errores, hablarlo con acento… porque es la única forma de mejorar, y porque además, ese es el verdadero inglés. El del mundo. Se trata del idioma más hablado como segunda lengua, y por tanto la mayoría de sus hablantes tienen su acento, sus problemas con la gramática y sus dificultades de pronunciación. Pero eso no impide el principal objetivo de una lengua: comunicarse

jueves, 28 de julio de 2016

Las tres joyas de Huay Xai

Las vistas desde nuestra casa del árbol 

Nuestras últimas noches en Tailandia fueron en una diminuta villa a orillas del Mekong. Al igual que el Duero a su paso por las Arribes, este río hace de frontera natural, en este caso con Laos, el gran desconocido del sudeste asiático. Al otro lado nos esperaba un pueblo fronterizo llamado Huay Xai. Tres experiencias hicieron que nuestros días en este lugar se hicieran inolvidables.

La primera fue nuestro alojamiento en Daauw Homestay. Con sus cabañas de madera, su terraza llena de niños correteando y sus mujeres sentadas en círculo cosiendo o cocinando, Daauw Homestay es mucho más que un albergue o un restaurante. Es el lugar de asentamiento del proyecto Kajsiab (http://www.projectkajsiablaos.org), el cual tiene como objetivo ayudar a las gentes de los pueblos de las montañas, que conforman una de las zonas más pobres del país. Para estas tribus, cosas tan básicas como la asistencia al parto son lujos que no se pueden permitir, pero gracias al proyecto Kajsiab, muchas historias trágicas tienen un final feliz.

Nuestra casa del árbol
Huay Xai es también la puerta de entrada a un gran sueño de la infancia. Una de esas cosas que los adultos hacen porque no pudieron hacerla de niños: “The Gibbon experience”. Dos o tres días surcando el cielo en tirolinas, sobrevolando las copas de los árboles en la impresionante reserva natural de Bokeo, para dormir luego a 60 metros de altura en una cabaña en un árbol, que ya le hubiera gustado a Punky Brewster.

Y por último, dejar ese pequeño pueblo en dirección a Luang Prabang puede ser una experiencia entrañable si dispones del tiempo necesario para hacerlo en dos días a bordo de un pequeño barco recorriendo el Mekong. El paisaje durante todo el trayecto es sobrecogedor. La frondosidad que te rodea no muestra ni un ápice de deforestación. La calma del río inspira paz, y en este escenario (sin Internet [...]), los pasajeros comparten experiencias, juegan a las cartas y en ocasiones conocen a sus futuros compañeros de viaje.

Compañeros de viaje

miércoles, 20 de julio de 2016

Un pedacito del norte de Tailandia

En el Poopoopaper Park (donde reciclan la boñiga de elefantes para hacer papel)
Tras nuestra toma de contacto en Bangkok, volamos a Chiang Mai, visita obligada para cualquier mochilero que pase por el norte del país. Sin ser una ciudad demasiado grande, vive del turismo, y por ello sus calles están plagadas de posadas, hoteles y puestos ambulantes de comida.
Una de sus grandes atracciones es el mercado nocturno que inunda el centro de la ciudad los fines de semana, en el que puedes encontrar artesanía, ropa y por supuesto, toda la variedad culinaria de la zona en formato “para llevar”. Nosotros lo recorrimos en una tarde de llovizna; sin calor ni aglomeraciones de turistas. Una de las ventajas de viajar en época de lluvias.
Otro de los grandes atractivos turísticos de esta zona son los paseos y espectáculos con elefantes. Y lo que mucha gente no sabe es el horror que hay detrás de este negocio tan lucrativo (y en auge debido al aumento del turismo en Tailandia): caza furtiva para conseguir ejemplares nuevos, horas extremas de trabajo sin tiempo suficiente para comer o beber, y lo peor de todo, el adiestramiento cruel al que se tienen que someter para doblegarse al control humano. La técnica se llama “Phajaan”, y os animo a buscarla en la web, porque cuando lo hagáis no os van a quedar ganas de montar en elefante o verlos pintar un cuadro.
Lamentablemente, las opciones para admirar a estos majestuosos animales fuera de este entorno de maltrato no son muchas, y en muchas ocasiones los lobos visten piel de cordero y los “santuarios” que dicen ser respetuosos, no lo son tanto.
Nosotros visitamos el Elephant Retirement Park, que se creó hace dos años y se encarga de cuidar de ejemplares en riesgo especial (ancianos, enfermos y embarazadas). Si bien quizás no sea el lugar ideal (los animales terminan volviendo a sus campos de trabajo y no están en libertad), nos pareció que el trato era adecuado y para nosotros fue una experiencia increíble.
Pasando a un tema menos controvertido, me llamó especialmente la atención que una de las actividades más populares que oferta Chiang Mai ¡son las clases de cocina! ¡Y por supuesto que nos apuntamos!, Lo hicimos en el “Sammy’s organic Thai Cooking School” Y os aseguro que no hay mejor manera de acercarse a la cocina tailandesa desde dentro, conocer sus ingredientes, aprender como comer los diferentes platos y sobretodo experimentar todos esos sabores que hacen que comer en Tailandia sea uno de los mayores reclamos turísticos.
Y aunque no quiero extenderme demasiado, pues podría hablar de los parques naturales y mil cosas más, no puedo dejar de mencionar el masaje tailandés. Con cientos de opciones (incluso hay un centro de integración laboral para presas en sus últimos meses de condena -Lila Thai Massage-) y a un precio muy asequible es difícil resistirse a esta técnica ancestral y juzgar por ti mismo los beneficios de la misma (como soy un poco friki, me reservo mi opinión :-) )
En mi masaje tailandés

sábado, 9 de julio de 2016

Toma de contacto: Bangkok



Tres días en Bangkok son del todo insuficientes para conocer esta gran ciudad…  ¡sobre todo cuando te pasas la mitad del tiempo durmiendo por culpa del Jet Lag!
Sin duda,  está llena de contrastes. Encuentras puestos callejeros de comida por doquier, y a la vuelta de una esquina un centro comercial que parece salido de Nueva York. Hay  rascacielos y chabolas,  en esa forzada convivencia característica de las ciudades que han crecido mucho en poco tiempo.
Pero lo que desde el primer momento me ha llamado la atención ha sido la gran riqueza cultural. Una mezcla de culturas que en gran parte nos es completamente ajena en occidente.  Se aprecia en los rostros,  en los gestos,  en la vestimenta. En todas las señales y carteles que muestran esos signos churriguerescos que conforman un idioma para mi completamente desconocido. En los coloridos templos con los que tropiezas tras las esquinas.  Llega a ser abrumador,  y me hace sentir completamente ignorante.


Y a pesar de todo ese desconcierto,  es curioso.  Un día estás en España pensando en tu viaje a ese lugar exótico y desconocido, nerviosa ante la incertidumbre y las expectativas,  y una semana después te encuentras relajadamente tomando un batido de mango y escuchando un concierto en un bar cualquiera en las calurosas noches de Bangkok.  Y te parece tan normal

viernes, 1 de julio de 2016

Cuenca siempre me trae recuerdos de mi infancia



Ayer dejé mi ciudad para comenzar mi viaje por el Sudeste Asiático.  Pero la primera parada,  lejos de esos parajes exóticos y desconocidos para mi, ha sido Cuenca,  la ciudad donde crecí.  

Me encanta visitarla y perderme por sus callejuelas siempre que tengo ocasión.  Subir al Barrio del Castillo y contemplar sus imponentes hoces.  Me encanta en otoño,  con sus colores amarillos,  ocres y verdes mecidos por el viento.  Me gusta en primavera,  cuando el sol inunda los valles de los ríos y la brisa acaricia la piel.  Pero no es menos hermosa en invierno, coronada de blanco tras una gran nevada.  Me gusta de día y me maravilla de noche,  con su iluminación bañando los riscos suspendidos en la oscuridad,  y la luz tenue de las farolas alumbrando los callejones.  Y es que,  el espectáculo que ofrece esta ciudad en algunas terrazas nocturnas de la parte antigua, es único.
En fin,  me pregunto si otra gente tendrá las mismas sensaciones que yo al visitar su ciudad natal. 


Decidí entrar en un par de tiendas de souvenirs,  ya que, si bien siempre las visitamos cuando viajamos,  pocas veces vamos a las de nuestra propia ciudad. En la mayoría de los casos no nos perdemos nada,  pues todas tienen lo mismo: las tazas,  las camisetas con diseños idénticos,  los vasos de chupito…  todos con la marca “made in China”.  Pues tengo que decir que las que he visto hoy me han sorprendido.  A parte de las muestras gastronómicas que me esperaba encontrar (resolí,  alajú,  morteruelo…) había cientos de piezas de cerámica originales y variopintas que me recordaron algo que había olvidado con el paso de los años: que la cerámica de Cuenca es un arte autóctono y sublime.  Me teletransporté en el tiempo a mi infancia,  cuando nos llevaban de excursión a la Alfarería Pedro Mercedes y hacíamos talleres de moldeado de arcilla por las tardes.  Son tiernos recuerdos del pasado, para comenzar una historia sobre el presente.